El síndrome del edificio enfermo: ¿cómo afecta la productividad en las oficinas?

El dolor de cabeza, los estornudos y el lagrimeo constante al ingresar a la oficina pueden no deberse a una enfermedad sino ser señales del síndrome del edificio enfermo (SEE). Leonardo Rodríguez, médico ocupacional y fundador de Medicbi, explica que estos síntomas suelen atribuirse erróneamente a cambios estacionales o a contagios entre compañeros, cuando el origen real es la falta de mantenimiento adecuado en las instalaciones de trabajo.

De acuerdo con datos oficiales, en México trabajan en oficinas entre 12 y 18 millones de personas, cifra que representa entre el 19 % y el 29 % de la población ocupada.

¿Qué es el síndrome del edificio enfermo y cómo impacta en las oficinas?

La Organización Mundial de la Salud (OMS) definió este término hace casi 40 años. A pesar del tiempo transcurrido, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que este síndrome describe diversas molestias y síntomas clínicos relacionados con las características del inmueble, la exposición a contaminantes y la organización del trabajo.

Rodríguez detalla que el SEE genera entre el 20 % y el 30 % de las consultas en los servicios médicos de las oficinas. Los principales motivos de atención incluyen cefaleas, fatiga, mareos, rinitis crónica e irritación de ojos y garganta, derivados de un ambiente laboral desfavorable.

Consecuencias en la productividad laboral

Las condiciones deficientes de un inmueble repercuten directamente en el rendimiento de la organización al provocar ausentismo y presentismo. 

La OIT, en su Enciclopedia de Salud y Seguridad en el Trabajo, advierte que los empleados afectados suelen disminuir su productividad.

El especialista explica que el presentismo se manifiesta cuando el personal asiste a las instalaciones pero no puede concentrarse en sus actividades, ya que enfoca sus esfuerzos en atender malestares corporales que no ceden.

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Factores que originan un edificio enfermo

Un inmueble debe cumplir con normas de seguridad e higiene para resguardar el bienestar de los colaboradores. 

Especialistas señalan como principales factores de riesgo:

  • Ventilación inadecuada o mecánica.

  • Vapores químicos emitidos por mobiliario o productos de limpieza con combinaciones tóxicas.

  • Presencia de plagas, moho y bacterias por falta de mantenimiento en sistemas de aire.

  • Iluminación deficiente, ruido excesivo y vibraciones.

  • Superficies textiles amplias como alfombras y cortinas.

  • Remodelaciones recientes en pisos o paredes.

  • Estrategias operativas inadecuadas.

Manifestaciones clínicas y diagnóstico

Aunque el síndrome puede manifestarse de forma individual, la OIT señala que suele observarse en grupos y cuenta con un componente psicológico personal que modula sus efectos. 

Los síntomas catalogados por el organismo son:

  • Cefaleas, fatiga, letargia y dificultad de concentración.

  • Prurito, inflamación o irritación en la piel, ojos, nariz y garganta.

  • Presión en el tórax, dificultades respiratorias y quejas por malos olores.

  • Diarrea.

Respecto al diagnóstico de las instalaciones, Leonardo Rodríguez señala que la revisión de los inmuebles implica procesos de alto costo. El especialista estima que un análisis bacteriológico en un edificio puede requerir una inversión de hasta medio millón de pesos, razón por la cual estas evaluaciones se realizan con poca frecuencia.

Factores de susceptibilidad

La OIT añade que existen variables personales y operativas que incrementan la posibilidad de desarrollar el síndrome. Entre los factores individuales se encuentran la atopia (alergias, asma, eccema), la dermatitis seborreica, el sexo de la persona y un mayor tiempo de rotura de la película lagrimal.

Por otro lado, los riesgos asociados a las actividades laborales incluyen el estrés, las jornadas extensas, el tiempo frente a monitores, el uso de papel autocopiativo y la realización prolongada de fotocopias.

El bienestar en el entorno laboral va más allá de la prevención de accidentes tradicionales; requiere una evaluación constante de los espacios físicos que se habitan diariamente. Invertir en el mantenimiento de la infraestructura y en la calidad del ambiente interno no debe considerarse un gasto operativo superfluo, sino una estrategia fundamental para preservar la salud de los colaboradores y garantizar la sostenibilidad de las organizaciones.

Con información de El Economista

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